Sábado, Septiembre 23, 2023
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No nos debería importar tanto el 11 de septiembre de 1973

El dolor se lleva dentro, y sólo quienes vivieron de primera, segunda o tercera mano El Golpe conocen la crueldad de las botas militares.

Por eso no nos debería importar tanto el 11 de septiembre de 1973, salvo a quienes sufrieron sus consecuencias más directas.

Curiosamente, los que más insisten son jóvenes que buscan reivindicar un pasado que no vivieron.

Nos quieren convencer de que El Golpe debería importarnos a todos por igual.

Pero cuando algo importa mucho a demasiada gente, deja de ser importante para quienes realmente debe serlo.

Suena a trabalenguas, pero tiene que ver con la cara más rancia de la política.

Como cuando nos quieren hacer creer que el mundo se divide entre buenos y malos, que todo es una ofensa o que hay temas sagrados, intocables.

Como cuando se enojaron con el programa Plan Z que se burló del presidente Salvador Allende y su Ministerio de Las Flores. O cuando Pablo Larraín convirtió al general Pinochet en un vampiro.

Quitarle importancia al Golpe de Estado y todos sus personajes no es negar la historia, ni ser golpista, ni ser de derecha, ni facho.

Es querer vivir el presente, que es inmensamente más interesante que el pasado. Es ser honestos con lo que somos hoy, y no pretender apropiarse de fábulas ajenas.

La serie Los 80 explica esto mejor que yo, en la escena cuando Juan Herrera golpeó la mesa y encaró a sus hijos: una estudiante universitaria de izquierda y un cadete de la Fuerza Aérea:

“En esta casa no hay ni comunista, ni pinochetista, hay personas. Con su mamá nos hemos sacado la cresta para criarlos como personas y si quieren seguir viviendo en mi casa, se tienen que respetar.

¿Qué soy yo? Un vendedor de una tienda. Si a usted le pasa algo, ni Dios lo quiera, no tenemos ni plata ni pituto para ayudarla. ¿Entiende eso mijita, le cabe por la cabeza?

Tengo 45 años y ninguno de ustedes me va a enseñar a mí como son las cosas. Cuando queda la escoba, la gente como nosotros es la que paga el pato. Los que están arriba, los generales, los políticos, esos nunca pierden, nunca. O se quedan con el poder o son los primeros en salir cascando. Y la gente como nosotros es la que se queda, la que tiene que seguir trabajando y pelando el ajo para poder seguir viviendo. ”

Un discurso que muchos hicimos nuestro desde entonces.

El 11 de septiembre de 1973 no tiene por qué importarle a todos por igual ni menos tiene por qué haber verdades oficiales

Porque si todo es política y pasión, la vida se vuelve una locura inmanejable.

La Segunda Guerra Mundial nos enseñó que un país se puede volver loco. Sólo se necesita altas dosis de resentimiento, mucha pasión, buenos oradores, banderas y uniformes.

Una locura que afecta a países de izquierda y derecha por igual, porque la estupidez humana es muy inclusiva.

Como en la Guerra Fría, donde dependiendo de qué lado estabas era el tipo de dictador que te tocaba

Dictadores de izquierda, dictadores de derecha.

En Chile una parte de la izquierda sufre de una vanidad que la ahoga. La vanidad de creer que su sufrimiento la hace moralmente superior.

Mientras, una parte de la derecha sufre de algo peor: estar tan acostumbrada a mandar que no soporta perder: menos a manos de rotos tan bien formados y disciplinados, como son los comunistas chilenos.

Afortunadamente, a la mayoría de los chilenos le da lo mismo los problemas de la izquierda o de la derecha.

El mundo tiene otras prioridades materiales y espirituales, como por ejemplo sobrevivir al cambio climático o a una posible guerra nuclear.

En fin.

Sí, hubo dolor, sufrimiento y muerte en el pasado.

Dolor que necesita tiempo, sufrimiento que pide sentido y muertes que exigen memoria, verdad y reparación.

Por eso es tan estúpido llamar cobarde a un anciano que se suicida, olvidando el discurso sobre la salud mental y pasando por alto el dolor de una familia, el drama tan personal como es quitarse la vida.

Algo tan estúpido como comparar la Guerra Civil de 1891 con el exterminio de chilenos durante la Dictadura.

Muestras de cómo la estupidez humana jamás dejará de sorprendernos.

Y está bien, porque la estupidez nos define como seres humanos.

Algo que sólo los más estúpidos han decidido ignorar a 50 años del Golpe.

En un mundo donde se castiga el pensar distinto, en Capital Poniente fomentamos la diversidad e ideas. Las opiniones enviadas a contacto@prensaponiente son siempre a título personal y, afortunadamente, no siempre coinciden con la línea editorial de nuestro medio.

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