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La ciudad de las casas pareadas

A veces se nos olvida que somos migrantes recientes de esta ciudad. Maipú, Pudahuel, Cerrillos fueron el destino donde llegaron nuestros papás, abuelos o bisabuelos desde el norte o el sur en busca de oportunidades.

Mi papá llegó de Calera y mi mamá de Chillán, el destino los juntó en un instituto técnico en el Santiago de los años 80. Tras casarse, se mudaron a una villa de Maipú, una manzana de 5 pasajes con casas pareadas de dos pisos en forma de A.

Tres pequeñas habitaciones, baño, cocina y living-comedor. Patio lateral. Fueron el escenario que vieron crecer a un matrimonio y dos hijos.

Uno de las primeras cosas que hicieron mis padres fue plantar dos árboles frutales en el patio: un limón y un naranjo.

El siguiente hito fue invertir en una reja perimetral y protecciones metálicas para las ventanas.

Porque la vida de la ciudad es también peligro, el acecho constante de un otro que viene por lo poco que tienes: una tele, un equipo de música, el efectivo de la polla de la semana, un auto.

A la reja le siguieron tablones, y a los tablones afiladas puntas metálicas para evitar que alguien pueda saltar el cerco que nos protege.

Más tarde vinieron las ampliaciones para nuestra pequeña fortaleza, más espacio interior al costo de menos espacio exterior. Más loza por menos árboles. Sin planos técnicos y con más ganas que conocimiento, lo que ganamos en amplitud lo perdimos en luminosidad. 

Pienso que la falta de regulación, el desconocimiento y la improvisación han generado millonarias pérdidas en plusvalía de nuestros barrios. Crecimos como pudimos. 

El desorden y la falta de reglas siempre serán enemigos de la clase trabajadora.


Antes de terminar dos menciones especiales.

La primera al patio lateral con pandereta y cobertizo. Institución social de la periferia santiaguina. 

Lugar espiritual donde estiramos las sillas de playa, hacemos el asado o tomamos alguna cosita, al ritmo de un equipo musical colgado de un alargador que sale por alguna ventana desde el interior de la casa. 

La segunda está dedicada a esa republicana franja de tierra que separa la casa del pasaje. Tierra sin dueño, donde crece el poco pasto que se puede plantar, ligustrinas y, en los hogares más inquietos, un árbol que haya resistido más de un choque por alcance.

Me refiero a esa angostura en medio del cemento que regamos un domingo por la tarde con un pucho, manguereando la calle y recogiendo un par de envoltorios enredados en la maleza.

Quizás sea la falta de espacio, el cariño por la naturaleza o la memoria que subsiste de otros tiempos. Pero en esos detalles identifico el germen del anhelo de tener un terrenito en el campo, de volver al igual que algunos animales al origen donde se nació.

Algunos tuvimos la suerte de conocer desde pequeños eso que se llama campo, la provincia, y quizás por eso apreciarla más. Ese lugar donde se come la fruta de la mata y la tierra se extiende sin límites. 

Un lugar sin límites. 

Todo lo opuesto a la sacrificada, pero necesaria vida en nuestras casas pareadas al poniente de la capital.

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