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Fuegos artificiales: la droga no llegó, siempre estuvo

«Chile no está dando una guerra contra el narcotráfico. No hay voluntad de darla», son las palabras de la alcaldesa de la Pintana, Claudia Pizarro.

Pizarro no habla desde la teoría. Fue atacada por una tanda de balas calibre 40 que atravesaron los ventanales de la oficina donde trabajaba.

Una sensación de vulnerabilidad similar a la que hoy viven miles de maipucinas y mapucinos, luego de que en pleno corazón de su comuna se acribillaran a personas con un arma semi-automática.

Y no sólo una vez, sino dos y tres veces a plena luz del día.

Al conversar con vecinos, reportando el tema de inseguridad, existe la sensación de que el Estado hubiera perdido el control de ciertos sectores de la ciudad.

La prueba más resonante son los famosos fuegos artificiales, los cuales están prohibidos por ley, pero que sin embargo se comercializan a vista y paciencia en distintos puntos de la comuna.

Pero a pesar de la alarma pública, los fuegos artificiales en los barrios no son cosa nueva.

La frase «llegó la droga» se hizo parte de la cultura local, y es un tema que se viene arrastrando no desde este año, sino al menos desde hace 10 o 20 años atrás.

Es más, a esta altura podemos decir que la droga no llegó, sino que siempre estuvo ahí, sólo que nadie se había dado el tiempo de asomarse a los estrechos pasajes de nuestros barrios.

Porque a pocos les importaba lo que pasara ahí, en las poblaciones donde históricamente se vota menos, donde nunca ha habido un mayor interés electoral, salvo el de comprar votos con favores políticos, o algún regalito en campaña.

Lejos de la mano de dios, esos barrios fueron poco a poco tomados por el microtráfico.

Esto no es un secreto para nadie. Los jóvenes de los años 90 y 2000 recordarán el ritual de ir a comprar unos pititos a ciertas tías de ciertos barrios de la comuna donde se traficaba la droga.

Es algo difícil de explicar para quien no lo vive, pero la droga es parte de la forma de vida muchas personas, quienes entre la cesantía o un trabajo de 40 horas para ganar 300.000 cruzando media ciudad, optan por vender unos pititos y con eso al menos tener plata a mano.

Quien conoce la vida de los barrios sabe que esto es así. Incluso el microtráfico logró por décadas un grado de convivencia con los vecinos de su sector, logrando un relativo equilibrio de fuerzas y cierta seguridad que la policía no podía entregar.

El problema hoy es que esos territorios son tierra en disputa por bandas rivales, donde prima la ley del más fuerte. Y en la selva del cemento, son las armas las que desequilibran la balanza.

Decomiso de negocio de microtráfico

Un problema sin soluciones fáciles

Unos venden, otros compran. Es la regla básica del libre mercado, sólo que la droga tiene un pecado original: es un producto no regulado, a diferencia del tabaco y el alcohol.

Según el Observatorio del Narcotráfico de la Fiscalía Nacional 2020, el 79% de los encuestados cree que el narcotráfico es una amenaza crucial o determinante para la seguridad nacional.

Y es que la gente, a diferencia de los políticos no se equivoca en estos temas, lo viven cada noche encerrados en sus casas.

Quienes vivimos en las comunas periféricas de Santiago vivimos en primera persona las balaceras por las noches, mientras la mayoría de quienes nos gobiernan duermen tranquilos al extremo opuesto de Santiago, donde el estándar de vida se parece más a Europa.

El problema, visto así tiene muchas preguntas sin responder.

Por ejemplo, si hay fuegos artificiales, cómo es posible que se comercialicen impunemente. ¿Cómo entran al país? ¿Quién deja pasar esta mercadería por las aduanas?

Si hay drogas en las calles, por qué nadie está pensando seriamente en una política de despenalización o regulación de su comercio. No hay que ser un experto para saber que cuando se prohibió el alcohol en EE.UU. fue la mayor época de tráfico de whisky.

Hoy, tenemos cientos de botillerías funcionando en Maipú, Pudahuel y Estación Central, todas reguladas bajo un marco legal y bajo la entrega de patentes. Sin embargo, el estado le ha entregado casi en bandeja el mercado de la droga a quienes quieran correr los riesgos de la inversión.

Sobre las armas, la experta en seguridad, y profesora de la USACH, Lucía Dammert, viene hace años levantando las alarmas la falta de control de armamento y sobre todo en las municiones.

«La gente no sabe de dónde salen las armas, y da la impresión de que esa convivencia entre Estado y crimen organizado termina siendo una percepción de colaboración», señaló para el diario de la Universidad de Chile recientemente.

¿De dónde vienen las armas? Una pregunta incómoda, considerando un último audio que se filtró a través de The Clinic, donde se revela que oficiales del Ejército vendieron armas al crimen organizado.

Si el problema son las aduanas, la policía, el ejército y en última instancia el gobierno, poco es lo que una municipalidad puede hacer salvo en el área de prevención.

Quienes achacan estos problemas directamente a un alcalde en épocas de elecciones, están vendiendo humo para la galería. Salvo que existan policías municipales, es poco lo que un municipio puede hacer para combatir el crimen.

Mientras esta discusión pasa, cada noche en Pudahuel, Maipú, Estación Central y Cerrillos los fuegos artificiales siguen tronando sin que ya nadie se pregunte si llegó la droga.

Porque ya no estamos para cuentos de niños: todos sabemos que la droga está ahí, siempre estuvo ahí y siempre estará.

La pregunta es qué si el estado hará algo para hacerse cargo de este millonario mercado a pocas cuadras de nuestras casas.

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