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El triunfo de las mamás de la primera línea

Se ha recordado harto a los estudiantes que saltaron los torniquetes.

Y estamos de acuerdo: ellas y ellos fueron la chispa que prendió todo.

Saltar el torniquete fue más que un salto, fue un desafío contra una de las cosas sagradas de la ciudad que no se debían tocar ni destruir: el dinero.

Pero hay algo aún más sagrado e importante que uno de los «metros mejor evaluados del mundo». Es la memoria de las mamás de los mismos estudiantes que saltaron el torniquete, y que luego se fueron a pelear a piedrazos con la policía en la Plaza Baquedano.

Esas mamás son las grandes desconocidas en el histórico triunfo por siete goles 7 a 2 de ayer.

Son las madres silenciosas que por años han sido testigos de cómo se construyó Chile.

Muchas de ellas emigraron desde el Sur de Chile cuarenta, cincuenta años atrás buscando nuevas oportunidades en la Capital.

Llegaron, se casaron, tuvieron hijos, nietos y encontraron un lugar en las periferias de la ciudad.

Muchos de esos nietos son los habitantes de comunas como Maipú, Pudahuel, Cerrillos, Puente Alto. Hijos e hijas de obreros campesinos que llegaron a la capital en busca de trabajo.

Muchos de esos estudiantes crecieron viendo llegar a sus mamás cansadas después 3 o 4 horas de viaje en micro. Las vieron relatar los malos tratos de sus empleadores, cuando tenían que estar todo el día de pie o incluso obligadas a usar pañales en un supermercado cuando no las dejaban ir al baño.

Son las mamás que esperaban pacientemente la micro que nunca pasaba en el «paradero de las nanas» de Vitacura o Las Condes. Son las mamás humilladas por un sistema de Transporte diseñado por ingenieros que nunca se habían subido a una micro en su vida.

Muchas de esas mamás fueron abandonadas por sus parejas, y tuvieron que perseguir a esos hombres por cielo mar y tierra a cambio de una mísera pensión alimenticia.

Son mujeres que sacaron adelante a su familia sin pedirles permiso a nadie. Se lo bancaron todo en silencio apretando los dientes, porque no había tiempo para pensar.

Pero esos hijos e hijas heredaron la rabia guardada por años y se encargaron de manifestarla como una energía volcánica que explotó luego de años de acumulación.

Y así como el Estado de Chile abandonó a su pueblo en la Constitución del 1980, privilegiando el bienestar de la elite económica, así también muchos de esos hijos crecieron sin protección del sistema, huachos de salud, vivienda y educación de calidad.

Algunos tuvieron que pagarse los estudios solos, quedando endeudados de por vida, mientras que la mayoría tuvo que resignarse con el baile de los que sobran, rascándose con sus propias uñas, sin deberle nada a nadie.

Entonces, libres de deudas morales contra el Estado se sintieron con el derecho de destruir todo aquello que sentían como ajeno.

Las mamás de esa primera línea no estuvieron en Plaza Dignidad (con honrosas excepciones, como las Mamás Capuchasa), pero sí estuvieron todos los años anteriores, como el sedimento moral desde donde sus hijos se elevaron para objetar los principios sobre los cuales se levantaba la Democracia en Chile.

Empujando sobre esa base hasta conseguir que el único proceso constitucional con arraigo popular en la historia de esta nación llamada Chile.

Hace 1 año los hijos de esas mamás saltaron los torniquetes e hicieron historia. Ayer la mayoría de esas mamás votaron por el apruebo a una nueva constitución.

Hoy esas mamás saben en el fondo de su corazón que este triunfo es un homenaje a todos los años de desamparo.

Y si alguna todavía no lo sabe, que se den por enterada. Este triunfo es para ellas.

Crédito fotografía: VCC.CL

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