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Dos mil almas que penan Santiago: una tragedia navideña para recordar

Es posible que hoy en día, cada uno en nuestras casas tengamos la sensación de que cada tragedia que ocurre en el mundo, lejano a nuestras fronteras, sea terrible y seguramente también sentimos el temor que suceda dentro de nuestros limites regionales, comunales o dentro de nuestra propia acera.

Es posible que el sonido de cada noticia tenga un sabor de lejanía por el idioma, las costumbres o la misma forma de referirse a ella, muchas veces ese sabor es lejano porque no hemos sido educados para contener sabores de tragedias anteriores.

Hoy es uno de esos 31 días que tiene diciembre y de seguro recordamos algunas festividades, en su momento foráneas, como el 25 el 31 de diciembre. quizás, otros más orientados a la doctrina cristiana tomen el 8 de diciembre o el mismo 28 de diciembre.

Un día como hoy, un 8 de diciembre, las campanas de una iglesia sonaron con el brillo de la fe y la costumbre en el centro de Santiago.

Esta vez, era distinto, los encargados del recinto (cura y sacristanes) estaban dispuestos a dar un espectáculo de luminosidad como sólo en 1863 se podía hacer: con gas y llamas. El resultado fue un espectáculo, pero no de las características que existían en la mente de los principales involucrados.

En 1863, según la historia cuenta, las medidas de seguridad estaban más asociadas a el sentido común de ese momento que a estudios o investigaciones sobre los temas.

La información de cómo se producían accidentes, como se trabajaba en ingeniería, construcción e incluso como se procedía en salud estaba gestada por el boca a boca y algunos escritos, por lo general de mentes foráneas.

Los conceptos de “materiales inflamables”, si bien en ese tiempo existían, muchas veces no eran la prioridad cuando se trataba de alabar a un ser divino o cuando era la necesidad de exponer belleza y divinidad frente a la mente hambrienta de respuestas de nuevas experiencias de la sociedad.

En Santiago centro, la conocida Iglesia de la compañía de Jesús, cuyo inicio de construcción corresponde al año 1595, se llenaba de emoción al mostrar como esta bienvenida al mes de maría sería distinta. Esta vez, la religión tomaría de la mano a la tecnología para reafirmar la promesa de la iluminación eterna y divina.

Las puertas a la caminata divina prometida por la biblia de puertas abiertas para los arrepentidos, esta vez jugó en contra, esas puertas, parte del umbral de la entrada de la iglesia se abrían, de par en par, pero hacía dentro, algo que jugó en contra para las personas y a favor de la tragedia.

El encargado de abrir el espectáculo de iluminación, el sacristán, iniciaba sus funciones dando ignición a los quemadores que se encontraban bajo una virgen que, sin quererlo, sería quizás una de las espectadoras en primera fila como de un santuario sagrado.

El escenario se transformaba abruptamente gracias a la reacción del gas y el fuego en uno de los 7 infiernos del mismísimo Alighieri.

Se dice, que una llamarada a toda fuerza salió de uno de los quemadores gracias a la presión que el gas tenía en el sistema, evento que estuvo en total concordancia con los adornos del lugar. Flores, guirnaldas y telas fueron alcanzadas por esta llama que no se detuvo gracias al mismo gas y a que la estructura era completamente de madera.

Puertas cerradas, llamas por todos lados, gritos desde el alma de los asistentes que imploraban el movimiento de la masa para salir de ese lugar. Más de 2 mil personas atochadas en una caja de madera, la mayoría mujeres acompañadas de sus niños, no entendiendo nada, vestidas con ropa, seguramente inflamable.

Incendio de la iglesia de Compañía de Jesús (Memoria Chilena)

Creo que dentro de las películas que la televisión nos ha intentado vender no he visto, personalmente, tragedia de tal magnitud en circunstancias similares de fe e iluminación espiritual.

Los relatos de la época dicen que el incendio fue rápido y que comenzó a amainar luego de que el campanario de algunas toneladas cayera al suelo como resultado de que la estructura que lo mantenía en altura fuera reducida a cenizas por las llamas.

Algunos dicen que se escuchó como un sonido del suelo, fuerte y donde varios sonidos que estaban en el aire en ese minuto se enmudecieron al unísono de este sonido de las entrañas de la tierra.

El campanario, por lo que se cuenta, cae sobre la pila de personas que estaban carbonizadas unas sobre otras gracias al instinto de supervivencia, el miedo y la oscuridad de esos momentos.

Momentos terribles, en el centro de Santiago del 1863, donde, por cierto, la navidad para esa sociedad, sin duda, no fue llena de felicidad.

Quizás acá, es posible ver otra de las reacciones sociales motivadas por tragedias, y no necesariamente producidas por una guerra, como lo fue la batalla de Concepción para el alistamiento de compatriotas en la guerra del Pacífico, sino que, a raíz de una masacre, donde ni balas ni violencia fue suscitada.

En una feliz pero tardía copia de lo que pasó en Valparaíso en el año 1851. La sociedad civil se organizó para dar pie a la institución conocida por todos como Bomberos de Chile.

Cuando compartimos estas emociones y sensaciones en algún recóndito rincón nuestro, esperamos que a través de esa comunicación el otro pueda sentir empatía por nosotros y en parte, comenzar a sentirnos acompañados con ese otro.

Tiempo atrás y a fines del 2019, esta empatía creció más de lo que uno podría llegar a pensar, personalmente soñé con esa explosión de ira desde imberbe, cuando veía que todas las cosas funcionaban en un rango de dos números 0 y 1: lo bueno y lo malo, lo feo y lo lindo, lo correcto y lo incorrecto.

Hoy en día, estos dolores y molestias ya no se miran como algo ajeno, ya no se miran como la debilidad del otro, de la poca consistencia del vecino o bien de la mala suerte porque murió su madre, hermano o hijo.

Ahora nos sentamos a mirar como la resonancia de estos dolores exponencialmente se han extendido a quizás más del 50% de la sociedad.

Ya no es ajena una conversación de una tragedia, alguien de ese círculo de tertulia asevere con la cabeza que conoce a alguien con la misma suerte o con una peor.

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