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Del amor al odio y de los aplausos a las funas

Las encuestas dan como favorito a Gabriel Boric como el próximo presidente.

La misma persona que fue atacada por «el pueblo» en el Parque Forestal tras jugársela por el Acuerdo de Paz, yendo incluso contra los militantes más cercanos de su partido.

En eso se parece a Tomás Vodanovic, quien como candidato fue echado a punta de garabatos de la Villa Cuatro Álamos de Maipú en plena campaña, y luego recibido entre aplausos por algunos de esos mismos vecinos como alcalde.

Del amor y odio, y de la funa a los abrazos, parece ser el estado de ánimo de la gente hacia sus líderes.

Pasamos del «honor y gloria a la primera línea» a la decepción por las mentiras del «pelado» Vade, quien fuera el símbolo de Plaza Dignidad.

Mientras todo esto pasa, en Pudahuel «el compañero alcalde» Ítalo Bravo trabaja silenciosamente en el municipio más a la izquierda del eje Maipú, Estación Central, Pudahuel y Cerrillos.

Lejos de la política universitaria y más cerca de lo popular, Bravo tiene la difícil misión de hacer carne el espíritu del movimiento igualdad en una municipalidad que representa a sectores tan diversos cómo Pudahuel Sur y Ciudad de los Valles.

Maipú y Estación Central, por su parte, están en manos del Frente Amplio, y así lo han dejado sentir inteligentemente bajo la estrategia de la «campaña permanente» con encuentros de barriales y constituyentes.

En ambos casos la participación ciudadana, el traspaso de los cuadros universitarios a la burocracia municipal y una gran confianza en los equipos técnicos parecen ser la brújula de trabajo.

Desde Cerrillos, una discreta Lorena Facuse intenta poner de pie un municipio con poco dinero, escasa infraestructura y décadas de caudillismo masculino de izquierda y derecha.

Pese a sus diferencias, una cosa tienen en común: estar en la mira del implacable castigo ciudadano si cometen un error.

Ahora les toca a ellos ser lo que antes criticaron, y eso conlleva estar inevitablemente sujetos a las más injustas críticas.

Su rol es seguir las reglas y asegurarse que el resto también lo haga, y, en lo posible, dejar de perder tanto tiempo en justificarse dando explicaciones.

Nosotros, la gente, debemos aprender a moderar nuestras expectativas y aceptar que incluso la más pura o deconstruida de las personas también tiene sus oscuridades.

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